Por: Sebastian Toledo
A tan sólo 23 Km. Del Vaticano, entre placenteros jardines a
los piés del lago Albano se encuentra la residencia de vacaciones de los Papas,
donde actualmente se hospeda el Papa Emérito Benedicto XVI.
Un lugar absolutamente privilegiado en una localidad de
9.000 habitantes considerada como una de las más bellas de Italia.
Las dependencias pontificias de Castel Gandolfo se extienden
a lo largo de 55 hectáreas, 11 hectáreas más que la ciudad del Vaticano, 30
hectáreas de jardines primorosamente cuidados y 25 hectáreas destinadas a la
actividad ganadera y agrícola donde se cultivan las verduras rigurosamente biológicas que Benedicto XVI
consume y la leche con la que desayuna todos los días. Desde hace 85 años todos
los días a las 5 de la mañana sale una pequeña furgoneta que lleva leche
fresca, yogurt casero, manteca, huevos recién puestos, verduras de temporada,
frutas de estación, aceite de oliva artesanal y demás productos para la
despensa del Vaticano.
El primer papa en buscar refugio en Castel Gandolfo contra
los calores romanos fue Urbano VIII. Inmediatamente después de su elección en
1623, el Pontífice ordenó su construcción a Carlo Maderno. Sin embargo, nunca
llegó a dormir en él, prefiriendo siempre alojarse en la cercana Villa
Barberini, propiedad de su sobrino Taddeo Barberini y donde ya pasaba muchos
periodos antes de ser elegido Pontífice.
El primer papa en alojarse fue Alejandro VII quien, en los
12 años que ejerció como máxima autoridad de la Iglesia Católica -entre 1655 y
1667- completó el palacio papal. Sin embargo, y a partir de ahí, Castel
Gandolfo cayó en el olvido durante casi un centenar de años. Hasta que en el
siglo XVII Benedicto XIV lo reestructuró y comenzó a ser de nuevo frecuentada
por los Papas, muchos de los cuales fueron poco a poco ampliándola con nuevas
propiedades.
La cosa cambió en 1870 cuando, con la creación del Reino de
Italia y el fin de los Estados Pontificios, los sucesivos Papas optaron por
encerrarse en el Vaticano en signo de protesta y no volvieron a poner el pie
por allí. Solo volvieron a hacerlo a partir de 1929, cuando Pío XI y
Benito Mussolini firmaron los Pactos Luteranos, en virtud de los cuales la
Iglesia reconocía a Italia como estado soberano y ésta hacía lo propio con la
Ciudad del Vaticano.
Ese acuerdo no sólo supuso que Castel Gandolfo fuera
declarado posesión extraterritorial de la Santa Sede. Además, y para resarcir
la desaparición de los Estados Pontificios, la residencia se vio ampliada con
la incorporación de Villa Barberini, levantada sobre los restos de la antigua
villa del emperador Domiciano y de la que aún se conservan los restos del
teatro imperial, una estatua ecuestre del propio Domiciano que data de la época
y, sobre todo, el porticado bajo el cual el emperador solía pasear cuando
llovía.
“Dicen que los Barberini, que vivían en Roma, se enteraron
de que les había sido expropiada su villa en Castel Gandolfo cuando lo leyeron
en le periódico. Toda la operación se llevó a cabo en secreto y muy
rápidamente“, cuenta Pier Paolo Turoli, uno de los responsables de la dirección
de estas villas pontificias. De hecho tan rápida fue la operación que, por error, hasta
el cementerio de la localidad de Castel Gandolfo fue incluido entre las
propiedades del Vaticano. La gente del pueblo, para ir a rezar a sus muertos,
tenía que entrar en un estado exterior, tiempo después, la situación se arregló.
Desde entonces, casi todos los papas han pasado largos
periodos en esta residencia. Empezando por Pío XII, quien no sólo murió en Castel
Gandolfo en 1958, sino que durante la ocupación nazi de Roma dio refugio en
este lugar a unas 12.000 personas, desde vecinos de la localidad hasta judíos,
pasando por mujeres embarazadas a las que cedió su propio dormitorio y donde
nacieron en total 50 niños, muchos de los cuales se llaman Pío o Eugenio (por
Eugenio Pacelli, su verdadero nombre).
Juan
XXIII, de quien los empleados más veteranos aún
recuerdan que de vez en cuando abandonaba el lugar sin advertir a nadie
para
mezclarse, sin escolta, entre la gente. Siguiendo
por Pablo VI, fallecido también él en Castel Gandolfo el 6 de agosto de
1978. Su sucesor, Juan Pablo I, no tuvo tiempo de llegar a poner
el pie allí en los sólo 33 días que fue Papa. Mientras tanto, Juan Pablo
II
hechó críticas al conocerse que se había hecho construir aquí una
piscina cubierta
(pagada, eso sí, por un grupo de estadounidenses de origen polaco)
Hasta ahora, Benedicto XVI dispuso en Castel Gandolfo de un
piano en el que, sobre todo al caer la tarde, no fue raro oírlo interpretar
piezas de Mozart, Bach o Beethoven.
Actualmente total de 59 empleados se ocupan de mantener
Castel Gandolfo en perfecto estado, muchos menos de los 110 que eran hace 40
años. Actualmente el castillo dispone de albañiles, pintores, electricistas y,
por supuesto, jardineros y personal agrario y ganadero. La finca cuenta además
con unas 60 vacas y bueyes (que producen diariamente unos 500 o 600 litros de
leche), gallinas que ponen hasta 100 huevos diarios, olivos centenarios (que
producen entre 10 y 15 quintales de aceite al año), árboles frutales y un
surtido huerto.


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